¿Qué es peor?, ¿La ignorancia o la indiferencia?

Ni lo sé ni me importa

domingo, 28 de mayo de 2017

¿Los ciclistas pagan impuesto de circulación?

No, pero yo sí que lo pago por mi coche, y lo pago en concepto de uso y ocupación de la vía pública.

Y no veo mal pagarlo, en primer lugar porque con ese dinero contribuyo al mantenimiento de las vías y aporto un ingreso a las arcas públicas, concretamente las municipales, que son las más cercanas.

Lo que me molesta es que unos tipos, los ciclistas, que no pagan ese impuesto, se consideren mejores que yo, más solidarios y con más derecho a exigir unas vías exclusivas, los carriles bici, que salen de los impuestos de todos.

¿No sería más justo que al mismo tiempo que exigen mejores carriles bici y más respeto para su vehículo de dos ruedas, exigieran también que se les cobrase un módico impuesto de circulación? 

Yo qué sé... Una décima parte de lo que paga un coche, por ejemplo...

Pero no, eso no: se les llena la boca con su derecho a pacificar el tráfico (eufemismo por estorbar) y lo mucho que mejora su actividad la calidad de vida de las ciudades, pero de pagar, incluso poquito, ni una palabra.

Pues yo creo que ya está bien: ya va siendo hora de que además de exigir sus derechos paguen por lo que usan, como todo el mundo, en vez de ser una especie de organismo invitado de las vías públicas. Si quiero un vado, lo pago. Si tengo un coche, pago el impuesto de circulación, y si voy en bici, ¿qué menos?

viernes, 31 de marzo de 2017

Chistes de terroristas, negros, judíos y maricones

A ver, en serio: ¿Permitimos todos los chistes? Yo soy de esa opinión, pero no estoy seguro de que la mayoría de los que lo piden sean partidarios de tata libertad.

Tengo la impresión, y en este país de mierda es lo más común, que todo el mundo quiere que se proteja a los suyos pero se pueda atacar a los contrarios. Como siempre, como toda la vida.

¿Hacemos chistes de Carrero Blanco y cómo voló por los aires? Vale. Y también del maricón pierdepluma. Y del niño sin piernas, o del niño deficiente. Y del tartaja. Y de la gorda. Y del judío al que se le llama usurero por millonésima vez, y del negro al que se dibuja con labios Pirelli y cara de gilipollas, y del gitano ladrón, y del panchito al que el gitano llama Payo Pony, para más descojono.


Yo sí, yo apoyo eso: que sea el buen gusto (o malo) del público el que rechace al ilustrador o al humorista que no tenga gracia. Que se pueda ridiculizar al político, al dictador, a la mujer maltratada, al que voló por los aires y al que puso el culo o al que ardió en un horno crematorio.

Todos, venga. Pero todos y sin límites.

A la mierda ya el delito de enaltecimiento. A la mierda el delito de apología. A la mierda el delito de inducción al odio racial, o de género o de la madre que lo parió.

¿Nos atrevemos, o eso no?

Si la respuesta es que tampoco hay que pasarse, dejémonos de choradas y reconozcamos que la libertad nos importa un huevo: lo que nos importa es que no se ejerza contra nosotros. O que su cañón no apunte a donde no deba.


La libertad, entre nosotros, también es un arma, y lo que de veras nos importa es quién la empuña y a quién encañona.

Ya vale de hipocresías.